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Sebastian Aviña

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Tristán e Isolda

domingo, enero 13, 2008

Lo que llamamos amor, ese modo occidental de fundirnos en otra alma antes de precipitarnos en la derrota, o en la muerte, es una invención cultural. No es una luz intrínsecamente humana, no es un don, no es el fin de la batalla. Es pura literatura. Nuestra manera de amar no es sino un homenaje a las vicisitudes infortunadas, y de raíces medievales de Tristán e Isolda.

"El amor feliz no tiene historia", escribió el pensador francés Denis de Rougemont a propósito de esta pareja, nacida de la imaginación y de la sociedad cortesana y caballeresca de los siglos XII y XIII. Tristán e Isolda: ¿qué representan? El prototipo de una relación en la que el deseo nunca se colma. Que el amor sea pasión y no culminación plena, que en virtud de ellos arrastre al sufrimiento es una experiencia de la que seguimos participando. Cuando decimos amor, amor del bueno, invocamos pasión. ¿Qué importa si ésta puede conducirnos a la desgracia?

La desgracia de Tristán e Isolda es la de un hombre y una mujer que solicitan el adulterio. Tristán es huérfano y caballero. Debe cumplir una tarea: llevar a la princesa Isolda ante el rey que ha decidido desposarla. En medio de una tormenta, Tristán e Isolda Beben, por error, el vino de hierbas destinado a los esposos. De modo que se confiestan amor y siguen sus instrucciones. Isolda y el rey ya están en matrimonio pero el vino de hierbas continúa favoreciendo a Tristán. El amor aviva el fuego a pesar de las prohibiciones religiosas y sociales hasta que el rey sorprende a los adúlteros. Hay un castigo y luego un perdon, hay un arrepentimiento y luego otra vez la pasión. Sin embargo, Tristán e Isolda toman caminos distintos. Él encuentra a otra Isolda, ella obedece al rey. Y así, hasta la muerte de Tristán por una herida de guerra mal curada, que a su vez precipita la de Isolda.

Ese modelo no ha sufrido variaciones. Nuestro imaginario cultural acepta que el amor únicamente lo es cuando debe remar contra la corriente. Como se preguntó De Rougemont "¿hay que creer, en secreto, que preferimos lo que nos hiere y nos exalta a lo que parecería colmar nuestro ideal de vida armonios?".

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